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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Barcelona, la Vía Laietana, su orígen y su historia...


Hoy hablaremos de una de las arterias de Barcelona, la Via Laietana, cuyo nombre corresponde al poblado ibérico preromano de los “laietanos” que se asentaron en el territorio que rodeaba la ciudad. Se dice que había una mítica ciudad llamada Laie, que se situaría entre la pedrera romana de Montjuïc y el cementerio, aunque no se ha encontrado ninguna prueba arqueológica se su existencia.
A principios del siglo XX en la ciudad de Barcelona se inició el proyecto que se conocía como “La Reforma”, y que en realidad se trataba de abrir una calle que uniese el rico “eixample” con el puerto de la ciudad, desde la Plaza Urquinaona hasta el mar. El proyecto en un principio fue trazado por Ildefonso Cerdà en 1859, pero la situación de las arcas del ayuntamiento eran pésimas, y el inicio de las obras tardarían décadas en llevarse a cabo. Cuando entraron en el consistorio los políticos de la Liga Regionalista, apoyados por los concejales republicanos, se puso cierto orden en los proyectos municipales que debían hacerse. Para este plan en concreto solicitaron el respaldo del Banco Hispano Colonial que vendiendo bonos a particulares obtuvieron los fondos para financiar los trabajos. Eso sí el banco se llevó su correspondiente comisión, se llevaba el 50%  de los beneficios de la venta de los solares expropiados. Expropiados por la Ley de Expropiación Forzosa de 1879, con el artículo 29 modificado en 1904. Es decir los que se encontraban de alquiler se iban a la calle sin compensación ni ayuda alguna, eso sí se favorecían las obras públicas y a los especuladores inmobiliarios...
Una vez firmado el contrato entre Ayuntamiento y el Banco Hispano Colonial, que se firmó el 24 de octubre de 1907, las obras comenzaron “oficialmente” unos cinco meses más tarde, el 10 de marzo de 1908, cuando el Rey Alfonso XIII, dio un simbólico golpe de pico en la casa número 71 del carrer Ample para dar inicio a las obras (lo situaríamos en el solar donde actualmente se encuentra el edificio de Correos. Por aquel entonces a esta nueva vía se la conocería como Gran Vía A...
La obra estuvo bien planteada, pues se dejó ya preparadas las infraestructuras necesarias para un futuro no muy lejano, como las alcantarillas, la pavimentación, el alumbrado, y los túneles para una futura línea de metro que no circularía hasta dos décadas más tarde. Pero que la obra estuviera bien hecha no significa que no hubiera un coste social inmenso, pues las expropiaciones que se hicieron no sólo afectaron al terreno de la calzada y a sus aceras, sino también a los 20 metros a cada lado, que serían destinados a edificaciones.
Casi unas 2.200 viviendas fueron destruidas, sin dar alternativas a los inquilinos que habitaban las casas donde se ubicaría la nueva vía. Mas de 10.000 personas tuvieron que buscarse otro lugar para vivir, mientras a ambos lados de la nueva vía se levantaban nuevas edificaciones cuyos propietarios podrían conseguir una rentabilidad mucho más alta.
Lo que supuso la apertura de la Vía Layetana fue un gran cambio en los barrios que ahora ocupa, y en sus habitantes pues desaparecieron unas 85 calles, algunas no eran muy importantes y tan sólo tenían un metro de ancho. En cambio otras, como la calle Basea, que hasta ese momento había sido un centro de comercio, con edificios suntuosos de grandes portalones, ventanales y balcones, con hermosos detalles arquitectónicos... tenían una singularidad especial.
Como la fama de los catalanes es la que es, y en Barcelona siempre hemos sido así, si tenemos un edificio que nos gusta y no queremos que se pierda o estropee lo "recolocamos" en un lugar que nos parezca bien, y así ocurrió con estas obras. Muchos edificios góticos que debían ser demolidos, se desmontaron piedra a piedra (se numeraron para que no hubiera error en la reconstrucción) y se reconstruyeron en otras partes de la ciudad. Era una manera de reciclar y aprovechar lo que ya teníamos, ya sabéis “aquí no es llença res!” (¡aquí no tiramos nada!) que por eso tenemos la fama que tenemos…
Los edificios góticos que se recuperaron y recolocaron estaban incluidos en el plan de apertura de la Via Laietana, como sería el caso de la Capilla de Santa Águeda, el Saló del Tinell, las casas del Canonges, la Casa de l’Ardiaca, incluso nos atrevimos con recolocar parte de la muralla romana, sí, esa que se ve desde Vía Laietana, la que está en la Plaça de Ramón Berenguer.  La casa que pertenecía al gremio de caldereros, acabó en la Plaça de Sant Felip Neri; la Casa Padellàs, acabó siendo la sede del MUHBA, es decir del Museo de Historia de Barcelona, en la Plaça del Rei.


Aquellas calles que habían sido condenadas a desaparecer no eran muy diferentes a las que se encuentran por la zona de Santa Catalina, como el carrer de Sidé, carrer de Semoleres, que nos lleva a la Plaça de la Llana. Según las fuentes documentales de la ciudad, en la plaza ya desde el año 1513 existía un mercado de la lana, tal como atestiguan las calles cercanas con nombres com Bòria, Corder, Boquer…
Los escombros, tras la destrucción de los barrios dejaron a la vista las diferencias entre las casas antiguas, (muchas de ellas sin agua, sin gas y sin patios interiores que ventilaran las estancias) de las que se construían en ese momento. En algunos edificios se apreciaban los muros gruesos, las molduras que nos indicaban que su pasado había sido noble, los patios interiores… estos edificios lujosos en su tiempo,  habían sido reconvertidos y divididos en modestas viviendas populares.
Gracias al derribo de los inmuebles que había en la Plaça de l’Oli, se descubrió una galería subterránea que procedía de la Plaça del Rei y que continuaba hacia Santa Catalina. Hubo más descubrimientos de galerías subterráneas a lo largo de la nueva Vía Laietana, pero la presencia de gases tóxicos acumulados en algunas de ellas, impedían que se explorasen y pasasen al olvido, pues la construcción de los túneles del que sería el nuevo metro, acabaron con ellas y su recuerdo.

Algunas de estas calles desaparecidas eran el Carrer d’en Graciamat que iba desde la Riera de Sant Joan, también desaparecido, hasta la Plaça de l’Oli.
Esta plaza tiene sus orígenes hacia finales del siglo XII, y podría haberse formado en una de las revueltas del torrente del Merdansar, y que ya avanzado el siglo XIII acabó siendo convertido en una alcantarilla. Su nombre proviene de la actividad que se realizaba en ella, pues aquí se reunían los vendedores de aceite (oli en catalán). En 1310 se prohibió a los que revendían el aceite que lo comprasen en los pueblos del territorio de Barcelona. La medida del aceite se realizaba bajo un soportal que según consta en los archivos históricos se desmontó en 1652 para convertirlo en carbón para la fábrica de la moneda. A esta plaza llegaban las calles Graciamat, Donzelles, Filateres, Tres Voltes y la calle de l’Oli. La calle de Donzelles era una de las calles más estrechas de la ciudad, y unía la plaza con la calle Tapinería, además de ser la más estrecha de todas las calles, también tenía el honor de ser una de las más sucias, pues el deficiente alcantarillado que corría justo por debajo de la calle, hacía que los malos olores estuvieran siempre presentes.

En el número 4 de la plaça de l’Oli estaba el taller de Guayaba, aquí acudía Picasso cuando volvía a Barcelona. En el número 1 y 2 estaba la “Bodega La Masía” en la esquina con Donzelles, aquí se seguía vendiendo el aceite y otros líquidos a peso. Esta plaza en la actualidad estaría ubicada en medio de la Vía Layetana, al lado de la Plaça de Ramon Berenguer.
Por suerte hoy sabemos de todo lo ocurrido gracias a que en el Archivo Fotográfico de Barcelona se pueden encontrar fotografías del año 1908 y que proviene de un Concurso Artístico que convocó el ayuntamiento para dejar documentación gráfica del conjunto de calles y casas que iba a desaparecer con las obras de la nueva vía. Dicho concurso incluían también dibujos y pinturas, de entre los dibujos recopilados destacaron una cincuentena de láminas de Dionisio Baixeras, hermano de Àngel Baixeras que sería al final el que llevaría a cabo la reforma. Según se decía en aquel tiempo, las obras de demolición avanzaba tan deprisa que algunas veces, Dionisio se presentaba en la calle que le tocaba dibujar, y tan sólo quedaban los escombros.       
Algunas de estas calles desaparecidas tenían nombres curiosos como el de les Banquetes, que se encontraba entre el carrer Ample y el de Gignàs, según se dice este nombre sería una deformación de “barquetes” (barquitas), ya que en era el lugar donde antiguamente llegaba la playa y se solía dejar las barcas de pesca.
Hay muchas más calles de las que hablar, pero se nos haría muy pesado, por ello os recomiendo leer el libro Las Calles de Barcelona, publicado en 1866 por la Editorial Dossat, SA de Madrid, cuyo autor es Víctor Balaguer. Con motivo de la elección de Barcelona como sede Olímpica, fue reeditado en formato de facsímil en 1987. Hasta el momento en GooglePlay libros lo podéis descargar gratis.


Iba pasando el tiempo y la Gran Vía A se hacía cada vez más importante, muchas empresas querían tener su sede en ella. Un buen día del año 1920, el periodista Antoni Rovira i Virgili solicitó al ayuntamiento que se buscase el sepulcro de Pau Claris, ya que la antigua Iglesia de Sant Joan de Jerusalem, donde se creía que estaban, formaba parte del proyecto, y ya puestos en obras, que más daba si se excavaba un poco más.
De ésta iglesia ya casi no quedaba nada, pues en 1835 estaba bastante estropeada y en 1881 acabó siendo vendida, para acabar tirándola al suelo y edificando casas en su lugar. Durante la construcción de la Gran Vía A, se tiraron las casas construidas en lugar de la iglesia, el espacio libre coincidía con la supuesta ubicación del sepulcro de Pau Claris. El ayuntamiento recogió la solicitud y encargó a Agustí Duran i Sanpere que la buscase en el Archivo Histórico de la Ciudad.
Y tenía mucho que buscar, pues Pau Claris había sido enterrado en la Iglesia de Sant Joan de Jerusalem en el año 1641, en la sepultura familiar que había delante de la capilla del Sant Crist, es decir la primera capilla a mano izquierda entrando por la iglesia. Al final consiguieron identificar el sepulcro, pero oh! sorpresa!, los restos del difunto no se encontraban en el lugar esperado, habían sido trasladadas probablemente cuando fue derruida la iglesia en el siglo XIX.
El sepulcro sí coincidía con lo encontrado en los archivos, incluso en el pavimento de la capilla estaba el emblema familiar de los Claris, la media luna y la estrella, pero de restos humanos nada de nada.


Y como siempre si queréis saber un poco más, sólo por si os “pica” un poco la curiosidad, tenéis los siguientes enlaces.